La deuda neta del Gobierno Nacional Central llegó en 2025 al 58% del PIB, un nivel que no se registraba desde finales del siglo XIX, según el más reciente comentario económico de Anif- crédito VisualesIA/Banrepcultural.

La situación de las finanzas públicas en Colombia atraviesa un momento crítico que ha encendido las alarmas de centros de pensamiento, organismos de control y calificadoras de riesgo. Un reciente análisis de la Asociación Nacional de Instituciones Financieras (Anif) advierte que el nivel actual de endeudamiento del país solo encuentra un antecedente comparable en la crisis fiscal registrada a finales del siglo XIX, durante la Guerra de los Mil Días.

En ese periodo, iniciado en 1899, el conflicto llevó la deuda a niveles cercanos al 85% del Producto Interno Bruto (PIB), en medio de una hiperinflación desbordada. Hoy, aunque el contexto económico es distinto, la deuda neta del país alcanza aproximadamente el 58% del PIB, una cifra históricamente elevada que plantea serios riesgos para la estabilidad macroeconómica.

El impacto de esta carga sobre los ciudadanos es significativo. Según Anif, si la deuda del Gobierno se distribuyera entre todos los habitantes, cada colombiano tendría que asumir cerca de $20 millones. Hace apenas 35 años, esta cifra rondaba los $2 millones, lo que evidencia un crecimiento exponencial del endeudamiento per cápita, impulsado por un gasto público que supera de forma sistemática los ingresos del Estado.

Ante este panorama, el Comité Autónomo de la Regla Fiscal (CARF) ha insistido en la necesidad urgente de una articulación efectiva entre el Gobierno y el Congreso para implementar reformas estructurales. Estas deberían enfocarse tanto en la reducción del gasto como en el incremento de los ingresos fiscales.

Juan Carlos Ramírez, presidente del CARF, advirtió que el país enfrenta un riesgo creciente de insostenibilidad fiscal, que incluso podría derivar en un eventual incumplimiento de sus obligaciones financieras. Según sus estimaciones, la próxima administración deberá ejecutar un ajuste fiscal histórico de entre el 4% y el 5% del PIB, una magnitud sin precedentes en la historia reciente del país.

Este reto implicaría un esfuerzo sostenido durante varios años, ya que Colombia no ha logrado ajustes superiores al 1% del PIB en periodos anuales anteriores. Además, el CARF subraya que no basta con recortes presupuestales, sino que se requiere una estrategia integral que combine mayores ingresos con una reducción significativa en el costo del servicio de la deuda.

En medio del debate, ha cobrado relevancia la polémica propuesta del exministro de Hacienda Alberto Carrasquilla, quien planteó la teoría del “sustico fiscal”. Según esta idea, permitir que algunas subastas de deuda fracasen podría generar un choque de realidad necesario para que tanto ciudadanos como dirigentes políticos dimensionen la gravedad del problema.

Carrasquilla sostiene que el gasto público se mantiene en niveles elevados, entre el 22% y el 23% del PIB, mientras que el recaudo apenas alcanza el 16%. Este desbalance estructural ha convertido el pago de intereses en una carga creciente para el presupuesto nacional. De hecho, se proyecta que para 2027 los intereses de la deuda alcancen un máximo histórico de $90 billones.

Por su parte, la calificadora internacional Moody’s también ha expresado preocupaciones sobre la sostenibilidad fiscal del país. Aunque el Plan Financiero de 2026 prevé una reducción del déficit al 5,1% del PIB, la agencia considera que las proyecciones de ingresos son demasiado optimistas.

Moody’s estima que el déficit del Gobierno central se mantendrá por encima del 6% del PIB por tercer año consecutivo, lo que refleja la dificultad de implementar ajustes fiscales significativos en el corto plazo. Asimismo, advierte que la combinación de ingresos sobreestimados y un gasto rígido debilita el perfil crediticio de Colombia frente a los mercados internacionales.

En este contexto, el futuro económico del país parece estar estrechamente ligado al escenario político. Según la calificadora, un eventual cambio hacia un gobierno con políticas más favorables al mercado, que impulse reformas fiscales desde el inicio de su mandato, podría mejorar la confianza de los inversionistas.

Sin embargo, si persisten el relajamiento fiscal y la polarización política, Colombia podría enfrentar un deterioro progresivo de su calificación crediticia, encareciendo el acceso al financiamiento y aumentando la vulnerabilidad económica.

El debate está abierto, pero el consenso entre expertos es claro: sin decisiones estructurales de fondo, el país se acerca a un punto de inflexión que podría marcar su estabilidad económica en los próximos años.

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