El Puente de Occiedente fue una de las grandes obras del siglo XIX antioqueño. Foto: Julio Herrera.
Hoy, 130 años después, esa proeza de la ingeniería no solo sigue en pie, sino que se ha convertido en el símbolo de una lucha por el reconocimiento mundial. Bajo el liderazgo del arquitecto Juan Villa y la Corporación José María Villa, se busca reactivar el expediente ante la Unesco para que el puente sea declarado Patrimonio de la Humanidad.
Un intelecto que desbordó fronteras
La historia de José María Villa es la de un niño prodigio. Adoptado intelectualmente por su tío, Juan Nepomuceno Villa, fue formado en inglés, francés, música y filosofía, leyendo a Baruch Spinoza antes de los diez años. Su mente resultó ser tan voraz que la Universidad de Antioquia lo recibió como su alumno más joven y, poco después, lo nombró su profesor más joven.
Pero Antioquia le quedó pequeña. Respaldado por las élites económicas del departamento, Villa viajó a Estados Unidos. Allí estudió con las mentes más brillantes de su tiempo, participó en la construcción del Puente de Brooklyn y trabajó en el taller del mismísimo Thomas Alva Edison.
Genio contra la escasez: El "milagro" del río Cauca
A su regreso, Villa enfrentó el reto de conectar el centro del departamento con el mar. Con un presupuesto inicial de 100.000 pesos —que terminó en 120.000 (unos 9.000 millones de pesos actuales)—, el ingeniero tuvo que inventar soluciones donde no las había.
"A diferencia de la Torre Eiffel, que comenzó su construcción el mismo año (1887), el Puente de Occidente nació de la necesidad y la limitación", explica el arquitecto Juan Villa.
La falta de materiales para levantar torres de 30 metros obligó a Villa a replantear la ingeniería de la época. Al solo contar con madera de comino crespo de 25 metros, inventó un sistema de péndolas oblicuas. Esta innovación matemática permitió que una estructura liviana fuera rígida y estable, un hito que no tenía antecedentes en la ingeniería mundial de puentes colgantes.
Más que un monumento: Una estructura viva
Mientras que la Torre Eiffel se erige hoy como un adorno monumental en París, el Puente de Occidente sigue siendo el corazón de la región. Por sus tablas de madera cruzan diariamente motos, peatones y hasta ambulancias, conectando a los habitantes de Olaya y Santa Fe de Antioquia.
Además de ser el ancestro de los actuales túneles y puertos en Urabá, el puente fue el "laboratorio" de otras revoluciones: en 1895, en las oficinas del proyecto, Villa realizó los cálculos para la generadora de Piedras Blancas, trayendo la primera luz eléctrica a Medellín.
La carrera por el patrimonio
A pesar de su importancia, el camino hacia la Unesco ha sido lento. En 2012, el arquitecto Juan Luis Londoño logró incluirlo en la lista indicativa, pero el proceso se estancó por más de una década.
Actualmente, la deuda es institucional. Aunque el puente representa la primera gran obra de la era republicana que podría ser Patrimonio Mundial (superando la herencia colonial de Cartagena), ninguna entidad gubernamental ha asumido plenamente la gestión de su preservación y postulación.
El llanto de Villa el día de la inauguración, al recordar a sus mentores ausentes, fue consolado por un trabajador que le dijo: "Esas personas no están, pero sí está Antioquia". Hoy, el llamado es para que Colombia entera respalde la obra de su genio más humilde y brillante, asegurando que el puente que nos enseñó a cruzar fronteras no se caiga ante el olvido institucional.
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