Cúcuta: entre la política sucia y el silencio cómplice


Por estos días, la política en Cúcuta y en Norte de Santander parece moverse en un ambiente que muchos ciudadanos describen como un verdadero lodazal. No es exageración. Basta revisar los nombres, los escándalos, las investigaciones y las alianzas que se tejen en medio del proceso electoral para entender por qué la indignación crece entre la gente de bien que aún cree en la democracia.

La sensación que queda es amarga: la política regional parece haberse convertido en un escenario donde lo turbio, lo sucio y lo vergonzoso se normalizan. Y lo más grave es que todo ocurre ante la mirada casi cómplice de los órganos de control, que observan con una parsimonia desconcertante mientras los cuestionamientos se multiplican.

Muchos colombianos votaron por un supuesto cambio en el país. Sin embargo, ese cambio nunca se explicó con claridad. Hoy algunos ciudadanos sienten que lo único que cambió fue el dueño del poder: pasamos de unos clanes a otros, de unos colores políticos a otros, pero las prácticas siguen siendo las mismas. Corrupción, clientelismo, nepotismo y maquinarias electorales que continúan saqueando el erario público.

Y Cúcuta es hoy un espejo preocupante de esa realidad.

En medio de investigaciones que cursan ante la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia, aparece el nombre del dirigente nortesantandereano Wilmer Carrillo, lo que suma más interrogantes a un panorama político ya saturado de dudas.

Mientras tanto, el departamento sigue esperando resultados reales de quienes han ocupado curules en el Congreso durante años. Muchos ciudadanos se preguntan con razón qué beneficios concretos ha recibido la región de algunos congresistas que parecen haber convertido el Capitolio en un cómodo lugar para figurar, viajar y mantenerse en el poder, pero no para transformar la realidad de su tierra.

Uno de los nombres que vuelve a aparecer en el tablero político es el de Juan Fernando Cristo. Figura histórica del liberalismo y protagonista durante décadas de la política nacional, Cristo representa para muchos la vieja guardia que ha tenido el control del poder regional.

Sus críticos lo señalan como un político camaleónico, experto en acomodarse a cualquier gobierno. Cada cierto tiempo aparece con aspiraciones presidenciales, pero termina nuevamente premiado con ministerios, cargos y cuotas burocráticas. Mientras tanto, Norte de Santander continúa esperando el progreso que tantas veces se prometió.

Ahora impulsa la candidatura al Senado de Juan Bocanegra, una figura que para muchos no representa renovación alguna, sino la continuidad de las mismas estructuras políticas que han dominado la región por años.

Otro nombre que genera fuertes cuestionamientos es el del representante a la Cámara Ciro Antonio Rodríguez Pinzón. En municipios como Sardinata, los rumores sobre manejos políticos cuestionables y presuntos movimientos irregulares de dinero electoral tienen alborotado el ambiente político.

Sus detractores lo describen como un político cuya mayor habilidad ha sido mantenerse cerca del poder de turno. Aparece en fotografías en inauguraciones, acompaña al gobernador en actos públicos y se mantiene visible en eventos oficiales, pero para muchos ciudadanos los resultados concretos de su gestión siguen siendo invisibles.

Sin embargo, el caso más delicado quizá es el que rodea al alcalde de Cúcuta, Jorge Acevedo Peñaloza.

El senador y analista político Ariel Ávila Martínez lanzó recientemente una grave advertencia sobre lo que considera uno de los ejemplos más preocupantes de nepotismo político en el país. Según Ávila, en Cúcuta se está intentando consolidar un clan político mediante la candidatura al Senado de Yirley Vargas, esposa del actual alcalde.

Pero el asunto no termina ahí.

Según testimonios que hacen parte de expedientes judiciales, existen investigaciones relacionadas con presuntas presiones a funcionarios para respaldar esa campaña. Además, revelaciones periodísticas del reconocido periodista Daniel Coronell mencionan audios en los que el alcalde aparece citado dentro de una investigación que involucra a un integrante de la banda criminal conocida como AK-47.

Ese mismo contexto aparece relacionado con el asesinato del periodista y veedor ciudadano Jaime Vásquez, quien investigaba presuntos hechos de corrupción en la ciudad.

Frente a todo esto, la pregunta es inevitable: ¿dónde están los órganos de control? ¿Dónde está la Procuraduría? ¿Dónde está la reacción del Estado ante hechos que deberían estremecer a cualquier democracia?

La sensación que queda entre muchos cucuteños es que la ciudad ha sido saqueada políticamente durante años mientras los mismos nombres, las mismas maquinarias y los mismos clanes siguen reciclando el poder.

Pero también hay una responsabilidad ciudadana que no puede ignorarse. Cada elección representa una oportunidad para romper ese círculo vicioso. Sin embargo, demasiadas veces las campañas se definen entre la compra de votos, la manipulación política y promesas que se repiten cada cuatro años.

Cúcuta merece mucho más que esto. Norte de Santander merece una política limpia, transparente y comprometida con el desarrollo de la región.

La pregunta que queda en el aire es simple pero contundente:

¿seguirá la ciudad atrapada en el mismo juego de siempre o llegará el día en que los ciudadanos decidan cambiar realmente la historia en las urnas?

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