La Paloma que acorrala al tigre: cómo un mal chiste cambió el tablero electoral

Daniel Oviedo y Paloma Valencia durante la celebración del triunfo de la candidata. Foto: Fernando Ariza. EL TIEMPO
La política tiene momentos en los que un solo episodio altera un tablero que parecía fijo. Hace apenas una semana, antes de las elecciones del 8 de marzo, el panorama lucía claro: todo apuntaba a que la disputa por la segunda vuelta se daría entre
 Abelardo de la Espriella y Iván Cepeda. Sin embargo, en cuestión de días el mapa electoral comenzó a moverse.

Hoy, Paloma Valencia irrumpe como una tercera vía que incomoda al primero y reordena la competencia. La metáfora política parece inevitable: una Paloma que acorrala al tigre.

En un intento por mostrarse carismático durante una entrevista, De la Espriella decidió imitar al precandidato presidencial Juan Daniel Oviedo. El gesto resultó desafortunado: no solo ridiculizó su acento y su tono de voz —marcados por un accidente sufrido en la infancia—, sino que además dejó flotando la percepción de un comentario con tintes homofóbicos. Aunque el candidato intentó matizar posteriormente lo ocurrido, el daño político ya estaba hecho. El tiro, en términos políticos, le salió por la culata.

Ese momento funcionó como punto de inflexión. En un momento crítico para su campaña, la imagen de De la Espriella se deterioró mientras se abría una ventana de oportunidad que Paloma Valencia supo capitalizar con rapidez.

La candidatura del abogado barranquillero comienza a parecerse a la crónica de una muerte anunciada. Si llegara a quedar por fuera de la segunda vuelta, este episodio podría terminar ocupando un lugar similar al inolvidable coscorrón de Germán Vargas Lleras, aquel instante que terminó costándole a un político preparado durante décadas la posibilidad real de llegar a la Presidencia.

Por su parte, Oviedo venía construyendo un discurso técnico, pero profundamente social: uno basado en resultados, en reconocer lo positivo de distintos sectores políticos y en proponer soluciones concretas. Era un mensaje sólido que quizá solo necesitaba ser escuchado. Paradójicamente, el mal chiste terminó amplificando su visibilidad y generando una ola de solidaridad transversal.

El resultado fue inmediato: más de 1,2 millones de votos de opinión sin salir de Bogotá lo catapultaron a la escena nacional y lo posicionaron como una de las figuras emergentes del centro político. En ese contexto, su incorporación a la fórmula de Paloma Valencia adquiere un peso estratégico evidente.

La cifra, además, no es menor. Dobla los resultados obtenidos por Claudia López en ese electorado y supera con amplitud el apoyo difuso que conserva Sergio Fajardo en las encuestas.

La escogencia de Oviedo como fórmula vicepresidencial no fue un gesto improvisado. Fue una decisión política. Simboliza, para muchos, un intento del uribismo de proyectar una imagen de moderación, diálogo y tolerancia frente a nuevas expresiones de la política colombiana. Una señal de que el país comienza a cansarse de discutir permanentemente sobre el pasado y quiere concentrarse en construir el futuro.

También fue relevante la forma como Oviedo manejó el tránsito de su candidatura hacia una alianza mayor. Su mensaje hacia los votantes fue claro: el acuerdo no significaba absorber una candidatura independiente, sino sumar fuerzas alrededor de un propósito superior llamado Colombia.

Sin embargo, la victoria de Valencia en la Gran Consulta por Colombia no garantiza nada. El verdadero desafío será conservar a los votantes de las nueve figuras que participaron en ese proceso y, sobre todo, ampliar su base electoral.

La posibilidad de que una mujer y una persona de la comunidad LGTBIQ+ lleguen por primera vez a la Casa de Nariño resulta políticamente atractiva para amplios sectores del país. Es una apuesta que recuerda —en términos simbólicos— la estrategia que utilizó Gustavo Petro en 2022: una narrativa que combina esperanza, renovación y un mensaje dirigido especialmente a la clase media, al indeciso y al apolítico. Es allí donde realmente se ganan las elecciones.

Para consolidar ese camino será indispensable concretar apoyos de centroizquierda y de los partidos tradicionales lo antes posible. Figuras como Katherine Miranda, del Partido Verde, o Alejandro Carlos Chacón, del partido liberal, podrían sumarse en los próximos días. Y probablemente no serán los únicos.

Mientras tanto, Iván Cepeda se mantiene fiel a su identidad política. En lugar de buscar una fórmula más transversal con figuras como Juan Fernando Cristo o Luis Gilberto Murillo, optó por la experimentada senadora indígena Aída Quilcué como su fórmula vicepresidencial.

Quilcué es una mujer indígena, proveniente de la periferia caucana, líder social y víctima del conflicto. Algunos analistas contrastan ese perfil con el de Paloma Valencia, nacida en Popayán, blanca y nieta de Guillermo León Valencia y del fundador de la Universidad de los Andes. Más allá de ese contraste simbólico, la elección de Quilcué parece responder a una estrategia clara: consolidar la base política propia ante un escenario en el que la segunda vuelta podría enfrentarlo precisamente con la fórmula Valencia-Oviedo.

Entre tanto, De la Espriella intenta reaccionar. Tras encontrar su techo en la extrema derecha, ahora busca abrirse espacio hacia el centro-derecha con un discurso más moderado. La escogencia de José Manuel Restrepo como su fórmula vicepresidencial apunta justamente en esa dirección. Pero quizá el movimiento llegó demasiado tarde.

En política, como en la naturaleza, los liderazgos también tienen momentos de fragilidad. Y a veces los tigres que nacen enfermos y debiluchos terminan mal.

Nada está escrito todavía. Pero todo indica que hemos presenciado cómo un mal chiste —un descuido, un lapsus, un instante revelador— terminó alterando el orden de un tablero que parecía inamovible antes del 8 de marzo.

Las redes sociales, con su inmediatez implacable, no perdonan errores. Y en política, como en la vida, los detalles siempre terminan marcando la diferencia.

Con Notas de Carlos Iván Pérez. Semana

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